
Él se escondió tras la noche...
Le fascinaba el tenue destello que emanaba de la delgada y afilada hoja de acero que escondía entre sus ropas.
Estaba ocultándose, no de alguien, tal vez de si mismo, quizás de todos.
Recién había bajado de su costoso bólido alemán, un poderoso B6 turbo.
En su rostro no había ninguna expresión, ningún gesto, nada.
De pronto se inclinó, escucho que alguien se aproximaba, empuñó su arma.
Dio un golpe firme, limpio, preciso; instantáneamente lo que antes era un cuerpo con vida se convirtió en en dos partes inertes, muertas.
Repitió la misma coreografía una y otra vez hasta que sumo 23 muertes en una noche.
Y seguía sin expresión, sin gesto alguno.
No mataba por placer, no lo hacía por fama, ni porque quisiera embarrarse la sangre de sus víctimas en la cara, ni porque quisiera comer sus vísceras tibias, no estaba enojado, ni triste, tampoco lo hacía feliz hacerlo, ni guardaba recuerdos de los muertos, ni era ninguna parafilia, no quería que lo atraparan, no se sentía culpable, ni creía que fuera su misión, no llevaba la cuenta de sus muertos, ni siquiera pensaba en ello, no era por amor, tampoco por despecho.
Era por algo mucho peor que todo eso, era porque estaba solo, pero más que solo, estaba aburrido, muy aburrido.